Soy dos veces mono, por mi signo chino y por haber nacido un primero de octubre en Guayaquil pero lo que de veras me marcó fue Venus que me hizo un libra enamorado entero del amor.
La ciudad por el 68, cuando el boom petrolero, cuando el ocaso Velasco Ibarra, cuando el dólar no superaba los 5 sucres, cuando los hippies invadían Londres cuando yo daba los primeros pasos a la sensualidad no era mas caliente que ahora, era mi terruño de algarabías juveniles de miradas coquetas de ansias en celos, de hembras frescas retozadas. Las veía a todas remozadas y listas para la libido.
Fue cuando me enamoré de Grace una chica Bond que años después reinara el Yatch Club de Salinas, mi primer despertar a la sexualidad. Lozana, con un garbo incipiente cuyo cuerpo ya maduro pese a sus doce años “destilaba sexo” como decía mi amigo el cheche Crespo cuando veía una mujer que lo dejaba boquiabierto. Con ella tuve un solo encuentro fugaz, fue en un parque por el barrio del Centenario a escondidas de los ogros de su padre y hermano, nos juntamos casi hasta tocar nuestros labios, aspiramos toda esa química de la que se habla hoy en día para probar que la empatía también es cosa de vibraciones místicas con una mezcla de sinergia orgánica. Ella y yo respirando nuestros alientos provenientes de carne virgen, nueva, apasionada. Tocó con sus deditos blancos y frágiles mis espesas cejas negras mientras yo la atraía desde su cinturita hacia mi vientre, ya fundidos nos besamos suavemente. No se si sus labios o su beso significaron para mí el inicio de una etapa que hasta hoy me dura de sexoadicción, con medio siglo de vida aún clavo la mirada en el andar femenino, en su vestimenta colorida de papagayo chillón.
Cuando mi hermano mayor me hacía un tour por los mejores prostíbulos del centro de la ciudad hasta el cabaret el Gato Negro en la península aprendí hacer el amor con putas, primero bajitas, morenas, nacionales, para luego exigirme al nivel de aquella artista que protagonizó “Pantaleón y las Visitadoras” de torso deslumbrante, desinhibida, entradora que saben gemir y saborear el néctar de la vorágine del amor.
En los internados de la Academia Militar del Valle en Sangolquí primero y en el Salesiano Don Bosco en la Tola después transcurría mi mejor época noctámbula de placeres carnales. Por eso digo que Quito fue y es para mí el mejor lugar para mezclar lo ambiental con la lujuria, porque ese verdor de sus montañas apacigua mi fuego yang mientras que esos fríos de mis páramos andinos envilecen mi lado lascivo que tanto gusta a mis pares. No habría tenido sentido quedarme en la costa, cuando desde la altura se divisan mejor a todas las mujeres del mundo. Nunca negué mi parte corpórea aferrada a un permanente ejercicio sexual, que Dios nunca me quite!, pues me eduqué en una cultura liberal que yo imputo a la oportunidad que tuve de viajar, la mayoría de veces solo por 4 de los 5 continentes, la familia de mi madre americana y de mi padre grande dispersa por todo el territorio nacional porque mi abuelo paterno de quien yo digo siempre que fue el mejor inspector de trenes del general Eloy Alfaro andaba regando hijos en cada puerto (léase estación de trenes de Alausí, Urbina, Chimbacalle).
A medida que aprendes, maduras, cuando maduras creces, cuando creces controlas, cuando controlas trasciendes. Esto aplicado al arte del amor me dio tantos resultados que decidí casarme pronto, pues nadie puede saber del verdadero sexo que el casado y para no perder el ritmo hollywoodense forniqué durante el matrimonio en el mayor pecado mortal que es el tener mozas de todos los colores, sabores, tamaños y caprichos. Eran empleadas domésticas, clientes, amigas o vecinas hasta que el destino se encargó de contarle a mi entonces esposa mis aventuras riesgosas, terminé acompañando a Wody Allen en sus terapias de soledad.
Pero todo ese trajín es como viajar en círculos que te marea o el pastel de chocolate que te empalaga, todo se torna descolorido cuando está ausente de amor, sobre todo cuando los años te advierten que ya es tiempo de un escampe. Gracias a Dios que el afecto de la mejor de las amantes, la campeona del mundo del amor, que ahora es mi compañera legítima, resultó el elixir cinabrio a mi mal de amores. Hoy soy feliz, un verdadero arco iris a su lado, educado, correcto, fiel como mis perritas labradoras, dopado de su bondad y grandeza, porque ella no es sino una virgen cada noche en mi lecho, debo reconocer que en mis estados de meditación profunda -bordeando el estado de nirvana- siento regresiones vivenciales que explican que ambos fuimos también amantes en siglos pasados y que hoy estamos cumpliendo un rol que nos hemos impuesto terminar para salvar el conjuro, no mas sexo fuera de matrimonio, no mas amores inconclusos, no mas eyaculaciones irresponsables. Ella y yo volando alto en el hogar, en la familia, en la edad madura. Nos vemos viejos, abrazaditos, muriendo tiernamente en el regazo de los nietos.
Cuando miro atrás veo una película 3 equis en la que yo era el supermacho, cuando me veo en el presente tacto la belleza femenina como un símbolo de lo que ya no será mas para mi que un pasado inalcanzable, quedaron enterrados los amores pretéritos, los crepúsculos ardientes, se ha dado paso indefectible a lo espiritual donde mi compañera siempre será la autoridad principal en la sagrada institución del matrimonio.
En otra entrega compartiré con ustedes detalles pendientes de los amores borrascosos.
martes, 10 de abril de 2007
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